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Teatro La Candelaria: 54 años sin pausa ni tregua, contados por Patricia Ariza – Arte y Teatro – Cultura

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El 6 de junio del 2020, año bisiesto y de la pandemia, año difícil e inolvidable, celebramos y conmemoramos 54 años de vida del teatro La Candelaria. Estos años han sido también los años del conflicto armado en Colombia que parecía iba a terminar en unos pocos meses. Nosotros alcanzamos a hacer parte de la celebración de la Paz. Vemos ahora con asombro que la guerra cada día se reinicia con una ferocidad inimaginable. Hemos sido testigos directos de este medio siglo de guerra y de violencia. Hemos visto el horror de los victimarios y el dolor de las víctimas.

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Hemos visto cómo se horada la tierra y se le extraen las entrañas, cómo se desvían los ríos para favorecer empresas y latifundios. Y hemos visto también miles, millones de personas, de campesinos pobres y de pueblos indígenas huyendo intentando asentarse en el filo helado de las montañas. Cómo diría Brecht, eso es lo que nosotros autores dramáticos hemos visto. Y, eso es lo que hemos mostrado.

Pero también hemos mostrado la desazón y la angustia personal, el malestar y el no lugar del arte. Hemos experimentado la auto-referencia y hemos utilizado otros lenguajes como la danza, el canto y el video arte para renacer en cada obra. Santiago siempre lo dijo, “Cada obra estrenada, aunque quede en el repertorio, ya es pasado. Lo importante siempre es el proyecto que viene, siempre desconocido, siempre imposible”.

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Nada de lo que ha sucedido afuera y adentro de nosotros y de nosotras nos ha sido ajeno. Hemos entregado muchas horas de nuestra vida intentado traducir en imágenes lo que hemos visto, lo que hemos sentido, lo que odiamos de este país y lo que amamos, lo que deseamos y también lo que repudiamos. Eso es lo que hacemos cada día, pasar el tiempo dejando como huella obras creadas en grupo y, ensayando el asombro que nos produce la vida. Pero, por fortuna hemos visto también el alma de la gente, su capacidad asombrosa de resistencia frente al dolor y la violencia.

Hemos visto cómo miles de personas casi muertas en vida renacen de sus cenizas y se levantan y marchan como en el mito de Anteo. Hemos visto cómo las víctimas logran convertir el dolor en fuerza y en resistencia.

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Pero también hemos estado en las fiestas formidables de este país y hemos bailado en ellas hasta el amanecer. Y hemos compartido con los teatreros y los intelectuales en grandes noches bohemias de debates sobre el destino de la humanidad. Si no fuera por todo esto, habríamos sucumbido.

Ha habido momentos difíciles de amenazas, allanamientos, agresiones e incomprensiones. Pero todo eso lo pasamos a las historias de aventuras. Porque lo más grave no es lo que nos ha pasado a nosotros. Lo más grave ha sido y sigue siendo la muerte de tanta gente valiosa, de tantos amigos, de tantos líderes y lideresas.

Ser grupo, como nosotros, de esos que ensayan todos los días es como encontrar un espacio real y mental donde se tramitan las divergencias, a veces de manera dura y cruel porque en esto se nos va la vida. Pero sobre las contradicciones, siempre, inevitablemente, triunfa el teatro. Porque en La Candelaria la única dictadura posible es la de la obra que se construye. Ella nos dice siempre por dónde seguir, qué camino tomar. Y casi siempre acierta. Porque el teatro si uno deja que los personajes hablen por ellos, que la situación sea posible, aún en un mundo imposible, la obra conquista su propia vida. Eso no quita para nada que tengamos un punto de vista, un lugar desde donde se mira la realidad.

En este tiempo de la sacralización del mercado y del culto al individualismo que, por fortuna está llegando a su fin, todo grupo, colectivo, movimiento ha sido visto como amenaza o como algo del pasado. Nosotros hemos creído que se puede crear con el otro y con la otra. Y eso ha hecho que los actores y actrices del grupo sean, seamos sujetos de las obras, de la casa, de la administración, de todo. Y ahora, los y las integrantes del grupo, han devenido en maestros y maestras, directores, dramaturgos, “performers” y organizadores de grandes acontecimientos culturales y artísticos. Gracias al maestro, pero también, por supuesto a nuestra dedicación, casi mística a este oficio, somos un rizoma porque somos grupo y a la vez individuos.

Nunca hemos afirmado que nuestra manera de crear y de creer sea la única. Muchos artistas desde su casa, desde su escritorio han creado obras poéticas bellas y motivadoras para el teatro. Pero nosotros escribimos las obras cuerpo a cuerpo en el propio escenario. Esa es nuestra escuela y nuestro modo de hacer y ser teatro.

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Tiempos detenidos

Ahora en esta pandemia sentimos como si se hubiera parado el reloj, como si nuestra manera de ser teatro, hubiera sido cruelmente violentada. Un día en la mitad de un ensayo de una obra sobre la Memoria, en plena pandemia, decidimos ausentarnos del teatro. Había peligro de contagio en la ciudad. Al principio creímos que era por poco tiempo y aplazamos los compromisos. De pronto el no tiempo empezó a correr y ya son muchas semanas, muchos días y horas de confinamiento.

Casi todos nos soñamos ensayando, improvisando y discutiendo. De alguna manera ensayar teatro es en cierta forma como ensayar la vida sin perder el asombro de vivirla. Y, para quienes lo hacemos de manera sistemática, esta cuarentena es como una muerte del teatro, ojalá temporal. Además en estas duras circunstancias, le falla el corazón al maestro y se nos muere Santiago, carajo! Ha sido demasiado para nosotros lo que va en este 20 20.

Este año será el primer aniversario de La Candelaria sin Santiago García, un poeta de la escena, un extraño personaje que se salió de molde y logró inaugurar un movimiento. Un hombre polifónico que se inventó un mundo aparte donde no importaba la enfermedad, ni el dinero, ni los obstáculos, ni las amenazas, ni las quejas, ni los miedos, nada. Había que ensayar siempre como fuera, pero había que hacerlo.

Y ahora, ¿Que hacer maestro? No podemos salir, es peligroso, hay un virus sin vacuna que acecha y contagia. Es como dios, porque está en todas partes. No sabemos qué respondería el maestro. De todas las disciplinas artísticas quizás la más golpeada con esta pandemia, indudablemente, es el teatro. No es que nos neguemos a lo digital, no. Pero el teatro es un acontecimiento vivo, un combate entre la obra, los actores y el público, irrepetible y efímero como la existencia misma.

No será fácil este cumpleaños sin usted, Master. Será un momento extraño entrar a la casa, pasar por los corredores y los patios, y llegar a ese lugar sagrado por donde han pasado tantos gestos, tantos gritos, llantos y risas de los actores y del público. Por La Candelaria pasaron Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Eugenio Barba, Gabriel García Márquez. También los trabajadores y los estudiantes, los habitantes de la calle, los ministros, los insurgentes y los alcaldes. Entrar ahora en la pandemia y que usted no esté en la sala, solo, haciendo Tai Chi, maestro Santiago, será muy duro.

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Usted nos enseñó que el teatro es el lugar donde se desbaratan todas las certezas, donde se muestra lo que está detrás, lo que está debajo, lo que no se ve, lo que, aunque se sepa, no se reconoce. Allí en el escenario se de-construye todo, se logra que la gente se ría de las pompas del poder y que vea con sus propios ojos lo anormal de lo que siempre consideró, normal.

En estos años, o mejor por esos años, en esta vieja y bella casona del centro histórico, han estado compañeros y compañeras maravillosas que nos han acompañado en el viaje, algunos por muchos años, otros por poco tiempo. Con ellos y ellas, nos hemos bebido a sorbos el vino y la vida. Por ellos sentimos una admiración y afecto enormes. Es como si no se hubieran ido. Todos están en La Candelaria con sus personajes, sus voces y sus gestos imborrables.

Seguimos juntos y juntas en esta aventura Fernando Mendoza, Cesar Badillo, Hernando Forero, Rafael Giraldo, Carmiña Martínez, Alexandra Escobar, Nohra González, Adelaida Otálora, Diego Vargas y Edith Laverde y yo; acompañados por Mónica Fernández, Sofía Monsalve y Miguel Ángel Malaver.

Algunos han partido ya a otras dimensiones de la memoria como Pacho Martínez y Fernando Peñuela que se le adelantaron al maestro Santiago. Ellos también cumplen años con nosotros. Y el público, que es la joya de la corona porque siempre nos acompaña y nos sostiene con sus carcajadas, a veces con el ceño fruncido, otras con los gritos, los vivas, las lágrimas y los aplausos.

Por el maestro Santiago, por La Candelaria, por ustedes todos, de pié, y por el teatro,

SALUD, CARAJO.
La función debe continuar…..

PATRICIA ARIZA
Dramaturga, poeta y performera, co-fundadora y directora del Teatro La Candelaria y de la CCT.

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