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Los trabajadores de la salud de México exigen más protección a medida que aumenta el número de casos con COVID-19 en sus filas

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El médico de la sala de emergencias protegió a su esposa e hijo de su creciente inquietud por la falta de equipo de seguridad en el hospital público donde trataba regularmente a pacientes con coronavirus.

Se concentró en cuidar a los enfermos mientras aislaba a su familia, siguiendo un estricto régimen de limpieza en el hogar: dejar los zapatos fuera de la casa, bañarse y lavar su ropa diligentemente, desinfectar el automóvil y dormir solo en una habitación libre.

“Mi esposo se dedicó a hacer todo lo posible para salvar a sus pacientes”, dijo recientemente Patricia Bravo por teléfono. “Comenzaba a hablar de que no había suficiente material de protección, pero cuando veía la expresión de preocupación en mi rostro, cambiaba de tema… Siempre estaba preocupado por nosotros”.

Su esposo, el Dr. Daniel Leglisse, murió el 16 de abril por complicaciones de COVID-19. Tenía 47 años.

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El Dr. Daniel Leglisse, médico de una sala de emergencias en la Ciudad de México murió de una enfermedad relacionada con Covid-19 el 16 de abril, tenía 47 años. El Dr. Leglisse, su esposa (ahora viuda), Patricia Bravo de 47 años, y el hijo de la pareja, Daniel de Jesús, 17.

(Family photo)

Más tarde, su esposa e hijo aprenderían más sobre el alcance de la exposición en el trabajo de Leglisse y la importancia de sus esfuerzos para protegerlos.

Leglisse se encuentra entre al menos 149 profesionales de la salud en México que han sucumbido al virus, según el Ministerio de Salud del país. El número de víctimas entre el personal médico, que representan más de 1 de cada 5 de todos los casos confirmados de COVID-19 en el país, están en el centro de una controversia sobre si México hace lo suficiente para proteger a los cuidadores de primera línea que enfrentan grandes riesgos de exposición.

Los trabajadores de la salud en muchos países, incluido Estados Unidos, han citado la falta de equipos de protección adecuados. Pero las protestas del personal de salud han ocurrido en hospitales de todo México y persistido incluso cuando las autoridades dicen que hay suficiente equipo de seguridad disponible.

En general, México reportó más de 74.500 casos confirmados de coronavirus y más de 8.100 muertes hasta el martes. Estados Unidos tenía más que cualquier otro país, con una cifra mayor a 1.6 millones de casos y más de 98.900 decesos.

Según estadísticas del gobierno, se confirmó que más de 11.000 trabajadores de salud mexicanos están infectados con el coronavirus. Otros 8.275 casos entre trabajadores de salud mexicanos fueron etiquetados como “sospechosos”, en espera de resultados de pruebas de laboratorio.

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Los médicos representan más de la mitad de las muertes relacionadas con el coronavirus entre el personal de salud en México, alrededor del 55%, mientras que las enfermeras registran el 17%. El 28% restante incluye trabajadores de ambulancias, personal de mantenimiento, técnicos de laboratorio y otros.

El contagio ha maltratado a los trabajadores de la salud en muchos países, incluido Estados Unidos, donde los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades informaron al menos 62.344 casos de coronavirus entre el personal de salud de EE.UU hasta el martes, incluidas 291 muertes, aunque los CDC reconocen un recuento bajo.

No existe un desglose país por país de los profesionales de la salud afectados por COVID-19, lo que hace difícil evaluar si los mexicanos a cargo de la salud están peor o mejor que sus contrapartes en otros lugares.

En México, existe una desconexión entre las persistentes quejas de los trabajadores de la salud sobre la falta de equipos de seguridad y las garantías gubernamentales de que todo está bien.

Desde que se registró el primer caso de coronavirus en México a fines de febrero, médicos, enfermeras y otros han salido regularmente a las calles para protestar por la falta de equipo sanitario. Muchos hospitales han visto brotes, exacerbando una escasez continua de personal médico ya que una gran cantidad de hospitales están inundados por nuevos pacientes con coronavirus.

El lunes, el personal médico protestó frente al prestigioso Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias de la capital. Las enfermeras dijeron que se veían obligadas a reutilizar mascarillas y batas en lugar de que se les proporcione nuevas diariamente, como recomiendan los expertos.

“¡No quiero que me contaminen!” los manifestantes corearon, afirmando que el mandato de reciclaje de equipos desmiente su designación oficial como “héroes” por el presidente Andrés Manuel López Obrador.

“El personal médico que muere no son héroes, ¡son víctimas de un sistema de salud vergonzoso!”, se leía en una pancarta izada por una enfermera. “No escondas la realidad”.

La protesta se produjo después de las muertes relacionadas con el coronavirus este mes de dos empleados: el Dr. Rodolfo Jiménez Sosa y Patricia Hernández Gúzman, una enfermera, en este hospital preeminente de la nación para enfermedades respiratorias.

El Dr. Hugo López-Gatell, subsecretario de salud que encabeza la respuesta al coronavirus del país, desestimó las quejas como “desinformación o información que no está completamente conectada con la realidad”. Negó que las mascarillas fueran recicladas.

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“Ya no tenemos problemas de suministro”, aseguró López-Gatell a periodistas el lunes.

Leglisse murió en el Hospital General en el distrito de Tacuba de la Ciudad de México, la institución donde había trabajado durante 13 años. Es parte del gigante Instituto de Seguridad Social y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, conocido como ISSSTE, que sirve a los empleados del gobierno.

Tres días después del fallecimiento de Leglisse, Olga Blandina, una enfermera popular en el mismo hospital, murió por complicaciones de COVID-19. Los dos decesos, junto con la muerte anterior de un pediatra del personal, detonaron la indignación.

“El personal de salud está en guerra sin armas”, decía una pancarta izada por una enfermera durante una protesta frente al hospital.

En respuesta, la gerencia negó cualquier déficit de equipo. El director del hospital, Juan Carlos García, dijo que Blandina no tuvo contacto con pacientes que padecían COVID-19, sufría de hipertensión y pudo haber contraído coronavirus “de personas que viajaron a Europa”.

Blandina, de 56 años, había trabajado en el hospital durante 30 años.

“Un león incansable, siempre optimista, con mucha magia en el corazón”, escribió un doliente en Facebook sobre Blandina. “Todo el DOLOR que siento por tu MUERTE se transforma en ira… cómo protegerte si no te dan el equipo adecuado”.

En las últimas semanas, las autoridades mexicanas han elogiado la llegada de más de una docena de aviones jumbo que transportan toneladas de suministros desde China. Pero los trabajadores de la salud consideran que gran parte del equipo es inutilizable: protectores faciales flojos, batas endebles y cubrebocas y mascarillas delgadas que brindan una protección mínima. Muchos trabajadores compran su propio equipo en línea o de distribuidores locales.

“Pueden traer cientos de mascarillas faciales, pero si son de mala calidad, son inútiles”, dijo Bravo, la viuda de Leglisse, quien es pediatra en un consultorio privado. “Es increíble que la gente tenga que salir y pagar [por el equipo] sólo para protegerse”.

El virus no es el único peligro que enfrentan los encargados de la salud mexicanos.

Se han informado decenas de agresiones a profesionales de la salud que han sido estigmatizados, incluidos casos de enfermeras rociadas con cloro. En algunos casos, los familiares angustiados por las víctimas del coronavirus han forzado su ingreso a los hospitales, enfrentándose con enojo al personal médico.

Además, la semana pasada, la policía de la Ciudad de México detuvo un círculo de extorsión dirigido a enfermeras y otras personas que habían venido del norte de México para ayudar a llenar el vacío que había, ya que miles de trabajadores de la salud se infectaron y tuvieron que abandonar los trabajos en el hospital.

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El personal de atención médica se ha dedicado a formar guardias de honor conmemorativos improvisados, vitoreando y haciendo sonar las sirenas de las ambulancias como gestos de despedida mientras los colegas fallecidos salen por última vez de las instalaciones del hospital.

Bravo, de 47 años, conoció al que sería su futuro esposo cuando ambos eran estudiantes de medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México en la capital. Se casaron hace 19 años, después de la graduación.

La avalancha de casos de coronavirus fue un desafío desalentador para su cónyuge, incluso después de más de una docena de años como médico de la sala de emergencias.

“Siguió cuidando a todos los pacientes que llegaban a la sala de emergencias, pero carecía de equipo de seguridad”, expuso. “Lo que intentó hacer fue protegernos”.

Leglisse no tenía delirios sobre los peligros que enfrentaba cuando los pacientes infectados comenzaban a llegar a diario.

“Todos nuestros colegas conocen el riesgo y por eso siguen exigiendo material de protección”, señaló Bravo. “Necesitan cambiar su equipo todos los días, pero el que les dan es para usar toda la semana”.

Para el 6 de abril, Leglisse había desarrollado una tos fuerte. Pasó de médico a paciente. Dio positivo para Covid-19 y fue colocado en un ventilador.

“Sus compañeros en el hospital hicieron todo lo que pudieron por él”, dijo Bravo, quien no pudo visitarlo en sus últimos días debido al riesgo de infección.

El 16 de abril, el director del hospital la llamó y le dijo que Leglisse había fallecido.

Desde entonces, ella y su hijo, Daniel de Jesús Leglisse Bravo, de 17 años, han estado aislados en casa. Las mascarillas y otros equipos ordenados por su esposo en línea, para su uso en el hospital, continúan llegando a la casa. Ni ella ni su hijo han contraído el virus, aseguró.

“No nos enfermamos por todo lo que hizo para protegernos”, destacó.

Después de su muerte, relató haber escuchado de un compañero de trabajo que Leglisse había compartido con sus colegas en una conversación privada sus frustraciones sobre la falta de equipo de protección útil cuando colocaba a los pacientes con COVID-19 en ventiladores.

“No quiero profundizar o investigar más porque al final del día eso no lo traerá de regreso”, dijo Bravo, con la voz quebrada. “Mi esperanza es que lo que estoy diciendo hará que las autoridades tomen conciencia de la necesidad de un equipo mejor y suficiente, para que otras familias no sufran como nosotros, llorando por mi esposo y por todos los mártires que dieron sus vidas para salvar a otros”.

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